jueves, 14 de septiembre de 2017

El aventurero

Si en España hubiera una industria del cine como es debido, no nos dedicaríamos a ver películas del Oeste o de la Mafia, sino que la vida de ejemplares como el protagonista de esta entrada ya habría sido objeto, no ya de una película, sino de una serie entera de ellas.

Blasco de Alagón, que tal era el nombre del pollo que nos ocupa, debió ser un tipo digno de estudio, uno de esos caballeros de frontera que no eran exactamente vasallos de nadie y que eran tan fuertes como lo era su mesnada, y que no dudaban en gastarle una mala pasada a su señor natural si se levantaban un día de mal humor. Sin embargo, fue uno de los apoyos más importantes de Jaime I en su minoría de edad frente a sus levantiscos colegas, y le salvó de apuros importantes más de una vez y más de dos, hasta llegar a convertirse en su persona de confianza, lo cual, teniendo en cuenta que el rey tenía catorce años y habida quedado huérfano con cinco, pues era mucho. Tampoco es que el padre del rey tuviera un amor loco por su hijo, como parece probar la forma en que fue concebido.

Lo de los reyes de Aragón y sus mujeres da para una entrada aparte. Alguno de ellos se casó porque no tenía más remedio, y está el caso de Alfonso el Batallador, que pasó bastante tiempo guerreando contra su mujer, Urraca de Castilla, con la que no parece que tuviera ni intimidad, ni desde luego descendencia. A su hermano, Ramiro el Monje, hubo que sacarle de un monasterio para evitar la desaparición del reino, casarle a toda mecha con una señora francesa viuda, meterle a hacer al menos un hijo (fue una hija) lo más pronto posible y, conseguido esto, Ramiro se volvió a lo suyo, esto es, al monasterio, y mando a la señora viuda a Francia de vuelta, a otro monasterio. Paradójicamente, a su nieto, Alfonso II, se le conoce como el Casto, y se supone que lo sería, pero célibe no, porque de su esposa tuvo nueve hijos, de los que siete llegaron a adultos, lo cual está muy bien para la época. El mayor fue Pedro II, padre de Jaime el Conquistador, conocido como el Católico, y supongo que lo sería, pero para que tuviera relaciones con su esposa, la reina, sus cortesanos tuvieron que engañarle y hacerle creer que era una de sus amantes.

En fin, que en Aragón había un problema con los matrimonios de sus reyes (el problema continuó después de Jaime I, pero ésa es otra historia), con lo cual uno supone que, con tales antecedentes, los nobles del reino andarían con cuidado a la hora de buscarle novia al chaval que tenían como rey.

Pero no.

Como lo más importante en aquel entonces eran las alianzas entre reinos, y no que los esposos, no ya se quisieran, sino fueran mínimamente compatibles, los principales del reino miraron a Castilla, y resultó que la única princesa casadera del reino vecino era Leonor de Castilla, tía del rey Fernando III, otro que se haría famoso con el tiempo, pero que entonces también era un jovencito. El hecho de que Jaime I tuviera catorce años y Leonor anduviera por los treinta, que en el siglo XIII es como decir la tercera edad, no impidió el matrimonio. Vale, ya sé que las feministas que en el mundo son rajan sobre que por qué la diferencia de edad sólo es sospechosa cuando es la mujer la mayor de la pareja, y no cuando lo es el marido, pero las cosas son como son, y en el siglo XIII no digamos. Será todo lo triste que se quiera, pero para que un hombre se case con una mujer que le dobla la edad hay que ser muy raro o presidente de Francia. Y, aunque seas presidente de Francia, sigues siendo raro. Se siente.

Jaime I, así y todo, tuvo un hijo con Leonor de Castilla. Luego debió pensar que ya estaba bien y, unos años y varias amantes después, alguna bastante metomentodo, decidió pedir al Papa la nulidad de su matrimonio por parentesco. Se ve que el parentesco sólo lo descubrió ocho años después de casarse, y que antes ni siquiera lo sospechaba, el pobre. El caso es que el Papa le concedió la nulidad (el parentesco era real, en todos los sentidos), y Leonor, eso sí, se llevó algunas concesiones. Una de ellas era llevarse a su hijo con ella a Castilla (moriría antes que su padre y, por tanto, no llegó a sucederle); la otra era un buen pastón.

Volvía la ex-reina con su séquito a Castilla, cuando hete aquí que aparece Blasco de Alagón con su mesnada y, aduciendo que ha gastado una fortuna al servicio de Jaime I, y que ya es hora de hacérsela devolver, despluma completamente a Leonor de Castilla y se lleva el pastón. Uno piensa en los nobles de la Edad Media, y supone que eran como esos caballeros que aparecen en las novelas de caballería, siempre prestos a proteger a las mujeres, especialmente a las princesas, y a los huérfanos, y a luchar por sus damas. Leonor de Castilla era princesa y huérfana, y la habían dejado tirada de mala manera, con lo cual era exactamente el tipo de dama que un caballero debería proteger, no contribuir a su desgracia. Se supone que eso se estudiaba en primero de caballero. Blasco de Alagón, caballero y todo lo que se quiera, parece que no asistió a clase el día que explicaron eso.

Al rey le hizo poca gracia el asunto, por muy mayordomo suyo que fuera Blasco de Alagón, y éste entendió que se había pasado muchos pueblos, y decidió poner otros tantos entre él y las fronteras de Aragón. Como en Castilla estaba claro que le iban a recibir de uñas, tuvo que internarse en tierra de moros, y ahí le vino bien una vieja amistad que había hecho unos años antes, cuando Jaime I empezó a asomar el hocico por lo que luego sería el Reino de Valencia: el mismísimo Abuceit, que, como ya vimos, había salido por piernas de Valencia y operaba desde el Alto Palancia y el Alto Mijares.

Un moro destronado y un salteador de caminos cristiano. Juntos estaban llamados a hacer grandes cosas.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Los misioneros

En 1226, pues, llegaron a Valencia dos tipos bastante inconscientes, franciscanos ellos, que atendían por los nombres de fray Pedro y fray Juan. Fray Juan era de Perusa, mintras que fray Pedro era de Sassoferrato, una ciudad que los estudiantes de Historia del Derecho conocemos por ser el lugar de nacimiento del gran Bártolo. La misión, pues, de los freires era bastante peliaguda, y tenía más o menos las mismas perspectivas que un marchante de jamón ibérico en La Meca. Trataban de predicar el Evangelio y lograr la conversión de los musulmanes en pleno territorio almohade. No entre los andalusíes más, digamos, tolerantes, sino entre los almohades mismos, que venían a ser la crema y nata del Islam más estricto. Supongo que hoy se irían a la frontera entre Iraq y Siria, en territorio sarraceno fetén, y que las consecuencias de su atrevimiento no serían muy diferentes a las que experimentaron en el siglo XIII.

La orden franciscana se había fundado muy poco antes, en 1209. Parece que los dos frailes habían conocido al mismo San Francisco. Es posible (bueno, es seguro) que estuvieran llenos del entusiasmo misionero que caracteriza a los movimientos religiosos en sus orígenes. En todo caso, presentarse en la Valencia inmediatamente anterior a la conquista cristiana con la cruz y el hábito y ponerse a predicar que Jesús es el Mesías y que Mahoma es un falso profeta requería tenerlos muy bien puestos.

Abuceit, almohade él, hizo lo que todo musulmán convencido debe realizar: prender a aquellas dos prendas, torturarlos y decapitarlos, aunque sobre la naturaleza de las torturas y de la puntilla que Abuceit propinó a los hermanos menores hay algunas diferencias entre los distintos relatos que se hacen de este suceso. Quiere la tradición que ello sucediera el 29 de agosto, festividad de San Juan Bautista, otro decapitado ilustre, y no hay mucha seguridad acerca del año concreto en que tuvo lugar su martirio, pero no parece que se alejara mucho de la época en que se presentaron en Valencia.

El caso es que fray Pedro y fray Juan decidieron ofrecer sus vidas por la conversión de Abuceit, y profetizaron que no tardaría en ser destronado.

Hagamos una pausa para resaltar que convertir a un musulmán está entre lo difícil y lo imposible. Mira que hay musulmanes últimamente cerca de nosotros, y en todo este tiempo no he sabido sino de dos que se hayan bautizado. Quizá haya más que no se atrevan a hacerlo público, porque se juegan la piel literalmente, incluso en nuestra Europa que debería proteger a esta gente frente a sus correligionarios de tinte violento. Supongo que nuestros antepasados llamaban al Islam 'la secta de Mahoma' porque no había quien saliera de allí sin grave daño psicológico, como sucede en las sectas actuales.

Con Abuceit está probado que la cosa funcionó. No tenemos elementos para saber cómo sucedió su conversión. Aparte de los dos franciscanos mencionados arriba, se le atribuye haber presenciado el milagro de la Cruz de Caravaca, cuyo jubileo se celebra este año, pero a mí me gusta más el argumento de su admiración por el martirio de los misioneros. Al fin y al cabo, hacer aparecer una Cruz milagrosamente es algo en lo que poco podemos contribuir, mientras que dar testimonio está al alcance de cualquiera, siempre que tenga buena disposición e impetre ayuda desde lo alto.

Abuceit tenía una posición sumamente insegura en Valencia. El dominio almohade se desmoronaba, y finalmente Zayán Ben Mardanís le echó de la ciudad. Abuceit, en los años anteriores, había tenido algunos éxitos militares en el Alto Palancia, recuperando de los cristianos Villahermosa y Bejís, así que se dirigió hacía allá, hasta residir en Segorbe, que hoy es la capital de la comarca y sede episcopal, e incluso parece que los cristianos le conocían como rey de Segorbe.

Allí se le unió uno de los principales protagonistas de este período. Una personalidad interesante como pocas, y una mezcla de noble, militar y salteador de caminos de difícil parangón, incluso en época tan convulsa. Pero, como se hace tarde, lo dejaré para la próxima entrada.

Entretanto, como veo que hay gente que quiere saber cómo queda el feo asunto de la puerta del garaje, confieso que está llegando a su fin, y que me dispongo a pagar la última factura por la misma. Eso sí, queda un fleco relativo a la puerta de entrada que no hay manera de resolver ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me puse a buscar proveedores? Diez meses, creo. Pues eso...

Prometo que, cuando yo mismo sepa cómo termina todo, lo contaré. De verdad.



sábado, 2 de septiembre de 2017

El almohade

He de reconocer que el final de la última entrada, que he releído bastante después de escribirla, era por lo menos inquietante.

Sin embargo, la aseveración del final, que Solzhenitzyn pone en boca de uno de los personajes de su novela, es una verdad como un templo. Al cáncer le gustan las personas.

Desde la última entrada, ha pasado algún tiempo. He de reconocer que se me pasó por la cabeza dejar la bitácora en el estado en que ha quedado durante agosto, con esa frase lapidaria y definitiva que lo hubiera cerrado, y que quedara a la imaginación del lector que apareciera por aquí elucubrar sobre el destino final del autor de las líneas.

Pero, entretanto, ha pasado el mes de agosto, que ha sido de aúpa. Por primera vez en muchísimos años, he estado un mes entero fuera del trabajo, primero en el extranjero remoto, luego un par de días en un hospital (incluyendo un rato sobre una mesa de operaciones), y luego unos cuantos días de convalecencia con ciertas dificultades para usar el brazo izquierdo, que además es el bueno. Las dificultades continúan, eso sí, pero son cada día más fáciles de sobrellevar.

Por si fuera poco, los sarracenos no se limitan a atentar en Bruselas, que ya es algo que debe darse por descontado, sino que ahora vuelven a la carga en España, lo cual me lleva a ciertas reflexiones sobre cómo reacciona el personal allí y aquí cuando no se sabe de dónde vienen los tiros, pero sí que los tiros vendrán indefectiblemente.

Los días de convalecencia, en mi querida Valencia, la millor terreta del món, los podía haber pasado bastante aburrido. Los médicos no me dejaban hacer deporte, que es mi ocupación habitual cuando estoy por allí, ni siquiera montar en bicicleta, que es mi medio de transporte preferido. Lo único que me dejaban hacer era caminar, y a eso me he dedicado básicamente, lo cual me ha permitido recorrer partes de Valencia que hacía tiempo que no pisaba y, como complemento, echar un ojo a la historia del Reino de Valencia y, en particular, de sus orígenes, siempre tan ilustrativos y que nos enseñan cosas aplicables a esta actualidad que padecemos.

Uno de mis paseos me ha llevado por los alrededores de la plaza de la Virgen (siempre es bueno, y más tras haber pasado un episodio delicado, visitar a la Geperudeta y darle las gracias), donde se encuentra el Convento de la Puridad, un lugar que contiene los restos de un personaje fundamental en los orígenes del Reino de Valencia, y con una historia personal especialmente interesante.

La ortografía de su nombre es variada como pocas. Si atendemos al callejero de Valencia, pues tiene dedicada una calle cerca de la Bolsería, se trata del Moro Zeid. Hay quien prefiere Zayd Abu Zayd, que debe ser la versión más arabizada pronunciable en castellano, y yo aquí me voy a limitar a escribir su nombre como Abuceit, que es la castellanización más tradicional.

Abuceit no era un tipo cualquiera, no. Abuceit era bisnieto del primer califa almohade, que era en el siglo XII el equivalente más exacto del ISIS del siglo XXI. Esos tipos no se andaban con chiquitas con la tolerancia religiosa y esas zarandajas. Su guerra santa les llevó a quitarse de en medio a los almorávides, que ya de por sí abogaban por una interpretación rigorista del Islam, y a dar mandobles por todo Al Ándalus. Fueron de victoria en victoria hasta las Navas de Tolosa, en que su ejército quedó deshecho, y su califa, el Miramamolín, que era tío de Abuceit, tuvo que volverse a Rabat con el rabo entre las piernas.

Abuceit, pues, era el gobernador almohade de Valencia en la segunda década del siglo XIII. No era un sitio tranquilo para gobernar, pero ahí estaba él. Por el norte, tenía como vecino a un rey jovencito que tenía bastantes problemas para imponerse a los nobles de su reino, así que, de momento, por ahí no tenía mucho que temer. En efecto, Jaime I, que tal era el rey jovencito, era por entonces un quinceañero con serios problemas para hacer acatar su autoridad en sus estados. Luego, las cosas cambiarían, y Jaime I acabaría siendo conocido como 'el Conquistador' y reconocido como uno de los grandes reyes de las Españas, pero para eso tuvieron que pasar bastantes años.

Por el sur, los problemas eran más reales. El imperio almohade de la Península se estaba disolviendo y, en Murcia, Ibn Hud echó a los almohades y se hizo con el poder, en competencia con otro señor que se haría famoso más adelante, Mohamed Aben Alhamar, fundador del reino de Granada.

Además, Abuceit tiene serios problemas de legitimidad. Antes de los almohades, y no hacía tanto tiempo de eso, el rey de Valencia era el Rey Lobo, un personaje un tanto extraño, que vestía a la cristiana, siendo musulmán, que contrataba mercenarios cristianos (estaba forrado) para currar a los almohades, y cuyo apellido 'Mardanís', suena bastante a Martínez. Este rey fue finalmente expulsado por los almohades, pero dejó un buen recuerdo entre sus súbditos, sobre todo entre los murcianos, a los que elevó al mayor grado de prosperidad que hubieran tenido nunca. Y he aquí que un pariente suyo, Zayán, mira con codicia Valencia.

Por si no tenía suficientes quebraderos de cabeza, corriendo el año de la hégira de 623, o sea, el año del Señor de 1226, se presentan en Valencia dos tipos no se sabe si inconscientes, o directamente suicidas.

Pero de estos dos pipiolos tocará escribir en otra ocasión, porque ahora se va haciendo la hora de comer, y hay gusa. Y, para un convaleciente, esto es de la mayor importancia.

jueves, 6 de julio de 2017

No es cáncer - Это не рак

El primer capítulo del libro de Solzhenitsyn es el mismo título de esta entrada. Narra la llegada al hospital oncológico de Tashkent de Pável Nikolaevich Rusánov, un apparatchik soviético con un tumor bastante aparente, y cómo lo ingresan allí. Tashkent hoy es la capital de un país, Uzbekistán, y entonces era una ciudad ya muy grande, la mayor de Asia Central (lo sigue siendo), y el pabellón oncológico de su hospital es el único centro de toda la región donde le pueden tratar el tumor a Pável Nikoláevich.

A Pável Nikoláevich le meten en una sala común del hospital, probablemente por no haber otras, y ya desde el principio ve que la estancia en el hospital no le va a gustar mucho, por lo que piensa hacerse dar de alta para llegar a Moscú, a un sitio más como es debido y digno de su clase. A todo esto, él piensa que lo que tiene no es cáncer, y así se lo dice a sus compañeros de habitación, que le miran un poco alucinados. Pável Nikoláevich sigue en su fase de negación durante todo el primer capítulo, y varios más, como si lo suyo no fuera más que una gripe, y a la gente la metieran en el pabellón de enfermos de cáncer por simpatía.

El primer capítulo es todo un contraste entre el mundo de Pável Nikoláevich, con su pijama y su gorro de dormir recién comprados, y sus contactos en las altas esferas soviéticas, y el de los demás enfermos del montón, con la bata del hospital y cada cual con su pasado del montón, pero que allí da absolutamente lo mismo: el cáncer los iguala a todos.

El libro es curioso. Lo estoy leyendo ahora, que no sé si es el mejor momento para leerlo, y la verdad es que Solzhenitsyn escribe muy bien, en un ruso muy rico, y con ideas muy lejanas de los escritores oficiales del partido y de la Casa de los Literatos de Moscú, ese lugar donde he comido más de una vez y más de treinta también, y de donde aún hoy me pregunto cómo era capaz de trasegar los pelmennis que servían, y que repetían tanto que podías decir que seguías comiendo hasta bien entrada la tarde.

Las cosas deben haber cambiado bastante en lo que hace a los tratamientos disponibles contra el cáncer. En el libro aparecen básicamente dos alternativas: radioterapia y cirugía, y no siempre son efectivas, a pesar de la enorme dedicación de los médicos y del resto del personal sanitario. Hay casos en que los médicos deciden dar de alta al paciente durante unos días con una medicación de caballo y analgésicos a cascoporro, a sabiendas de que no tardará en volver, y el jefe del hospital anima a los médicos a dar ese tipo de altas, con la idea de mejorar sus estadísticas. Evidentemente, no es lo mismo que la salida del hospital se produzca por un alta hospitalaria, por un tratamiento ambulatorio, o porque el paciente ha dejado de respirar allí mismo. Un amigo me comentó que, curiosamente, en ese caso se habla de 'exitus', que, aunque en castellano nos parezca que equivale a éxito, en realidad, en latín, significa que el paciente la ha diñado: ex-ire. Largarse. De este mundo.

En cualquier caso, los pacientes son la esencia del libro, con sus reacciones ante la enfermedad. En el segundo capítulo (y volverá a aparecer), destaca, junto a Pável Nikoláevich, la figura de Efrem, un vivalavirgen mujeriego que iba cambiando de mujer como de camisa y que no hacía ningún caso a los síntomas que iba padeciendo, hasta que tuvo que ser hospitalizado y, una vez reconoció que tenía cáncer, ya prácticamente obligaba a todos los enfermos a que ellos también lo padecieran. En este sentido, su enfrentamiento con Pável Nikoláevich es inevitable. Éste se aferra a la idea de que no tiene cáncer, y Efrem, tozudamente, trata de convercerle de que sí que lo tiene, y de que siempre lo tendrá, como todos los que están allí, y que, si sale del hospital, será por poco tiempo, para volver de nuevo.

Porque al cáncer le gusta la gente.

Рак любить людей.


viernes, 23 de junio de 2017

Vidas paralelas

En las últimas semanas he estado meditando un poco sobre la literatura de hospitales y enfermos, un subgénero de la novela que ha sido cultivado por un grupo reducido, pero influyente, de novelistas de primer orden y, en estas meditaciones, he caído en una serie de parecidos entre dos autores de las literaturas que mejor conozco: Camilo José Cela y Alexander Solzhenitsyn.

Lo primero que llama la atención es que son prácticamente coetáneos: Cela nació en 1916 y murió en 2002, a los 86 años, mientras que Solzhenitsyn era sólo dos años más joven, pues nació en 1918, y duró un poco más, hasta 2008, a punto de cumplir noventa años. Está bitácora se hizo eco en su día del fallecimiento de Solzhenitsyn, y ya es hora de que Alexandr Isaevich vuelva a aparecer por estas pantallas.

Los dos autores llegaron a una edad muy avanzada, lo cual es tanto más curioso cuanto que ambos padecieron enfermedades que no todo el mundo supera, y menos en la época que ellos las padecieron. Cela tuvo tuberculosis, una enfermedad que hoy no asusta a mucha gente, porque los tratamientos disponibles han logrado avances impensables hace un siglo, pero que en los años treinta del pasado siglo tenía un pronóstico pésimo. Sin ir más lejos, pocos años antes de que Cela tuviese sus problemas con el bacilo de Koch, había fallecido de tuberculosis mi autor preferido de la tercera literatura que conozco un poco y, probablemente, mi autor favorito de entre todos quienes en el mundo han sido: Franz Kafka.

Solzhenitsyn también tuvo serios problemas de salud, concretamente poco después de salir del gulag, que de por sí no es precisamente un sitio donde uno pueda esperar lograr una salud de hierro. Solzhenitsyn padeció -y superó- un cáncer en la sanidad soviética centroasiásica, lo cual ya nos indica que era un tipo realmente duro de pelar, lo que explica que sobreviviera a todo lo que tuvo que pasar.

Ambos autores utilizaron sus experiencias con su mala salud como inspiración. Cela escribió su segunda novela, tras la durísima La familia de Pascual Duarte, a principios de los años cuarenta: Pabellón de reposo. En cuanto a Solzhenitsyn, que es casi seguro que en esta época no conocía la obra de Cela (es muy improbable que se distribuyera por Siberia), una de sus primeras obras, concluida en la segunda mitad de la década de los cincuenta, es Pabellón de cáncer, cuyo título en español es similar al primero, pero eso es asunto de los traductores. El título original es Раковый корпус.

Antes de pasar a la literatura hospitalaria, no está de más seguir buscando paralelismos -y diferencias- entre Cela y Solzhenitsyn.

Un primer elemento podría parecer una diferencia. Así como Solzhenitsyn puso su talento literario en oposición al totalitarismo soviético que le tocó vivir, lo que fue una postura enormemente valiente que puso en peligro su vida (llegó a ser envenenado por la KGB y su secretaria se ahorcó después de la intervención de los servicios secretos), Cela siempre fue un señor de derechas que vivió con comodidad bajo el régimen de Franco, y que colaboró con él en numerosas ocasiones. Eso le permitió escribir sin demasiados problemas y contar con la indulgencia del régimen cuando alguna vez se pasó de la raya.

Dicho esto, vamos a matizar un poco las diferencias en este punto. Solzhenitsyn visitó España en marzo de 1976, muerto Franco, pero sólo desde hacía cuatro meses. Se sorprendió de que llamáramos a España "dictadura", habida cuenta de que los españoles podían viajar adonde quisieran, extranjero incluido, podían comprar prensa extranjera y usar fotocopiadoras, cosas todas ellas impensables en la Unión Soviética, y así lo dijo en una entrevista que le hicieron en televisión, y que incluso recuerdo vagamente. Pobre señor ¡Nunca hubiera dicho que la Unión Soviética era un régimen totalitario, y que el nuestro era un paraíso de libertad en comparación! Le llovieron capones de parte de todos los progres que poblaban la dictatorial España, siendo el más fuerte el de Juan Benet, articulista de El País y escritor que seguramente nunca se estudiará en el programa de Bachllerato, que escribió, para su vergüenza, lo siguiente:

Todo esto, ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne –y buen partido ha sacado de ello– los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos. Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas –cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo– busquen la manera de librarse de semejante peste.

No sé si este figura se arrepintió alguna vez del párrafo de arriba. Curiosamente, otro de los progres de nueva cosecha que se unió al coro de voces que pedían poco menos que la expulsión de Solzhenitsyn fue el propio Cela, que olvidó rápidamente que era de derechas y había sido censor franquista, y puso verde a su modo (no tan vomitivo como el de Benet, desde luego) a Solzhenitsyn:

Soljenitsin no está solamente contra España, nuestro pequeño y amado país, lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de la tristeza. No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero.

A Solzhenitsyn supongo que todo esto le resbalaba, y me temo que dejó España pensando que los españoles éramos una panda de cretinos, y es probable que tuviera razón.

Siguiendo con los paralelismos, ambos se casaron dos veces. Bueno, en realidad Solzhenitsyn se casó tres, pero las dos primeras fueron con la misma persona. No parece muy lógico en personas que se consideran cristianas, pero Cela consiguió la nulidad de su primer matrimonio, que había durado cuarenta y cinco años antes del divorcio civil (y no voy a opinar sobre el asunto ni sobre el que le concedió la nulidad), así que, técnicamente, murió conforme con la Iglesia. En cuanto a Solzhenitsyn, ya sabemos que los ortodoxos tienen la manga ancha con eso del divorcio.

El paralelismo más claro es la cuestión de los premios: los dos tienen el premio Nóbel. También hay diferencias allí, porque a Solzhenitsyn le llegó en 1970, para convertirse en el cuarto Nóbel ruso, cuando aún le quedaba bastante por escribir, mientras que a Cela le llegó en 1989, ya más provecto y cuando sus novelas eran algo raritas y difíciles de digerir (aún recuerdo Cristo versus Arizona, del año anterior, y lo mal que lo pasé).

Yo soy español, sí, y Cela me gusta mucho como escritor (me abstendré de opinar sobre el personaje, del que no todo me gusta), pero le tengo mucha más simpatía a Solzhenitsyn. Ése sí que las pasó canutas y, además, siempre me pareció un tío honrado y consecuente, algo que, por otra parte, no siempre era el caso entre los opositores soviéticos, demasiados de los cuales estaban como una regadera. Y algunos no han madurado desde entonces.

Pero el paralelismo que me interesa ahora es el que quedó mencionado al inicio, esto es, los pinitos de ambos en la literatura hospitalaria, un género, parece ser, que sólo interesa a quienes han pasado por esa experiencia de primera mano. Pero la continuación del asunto tendrá que esperar a otro día, porque hoy, diablos, es tardísimo.

viernes, 5 de mayo de 2017

I wanna Grezzi

Éste señor de la foto es Giuseppe Grezzi, concejal de Movilidad Sostenible (antes Tráfico, supongo) del Ayuntamiento de Valencia, y objeto principal de las críticas de la oposición pepera y de su panfleto local más destacado, es decir, el diario Las Provincias, que, si no ha iniciado una campaña contra él, lo que hace y publica se le parece muchísimo.

Grezzi es de Compromís, una coalición nacionalista d'esquerres que tiene una tendencia inevitable a mirar hacia el Norte y que, gracias a lo pésimamente mal que lo hizo el anterior equipo municipal, gobierna en Valencia, que no es una ciudad ni nacionalista, ni d'esquerres, ni mucho menos proclive a mirar al Norte del Cenia. El que me conozca sabe que las posibilidades de que algún día vote por ellos es aproximadamente la misma de que vote a los peperos o a los sociatas, es decir, totalmente nula. Pero Grezzi tiene algunas cosas que hacen que me caiga simpático, y que eche de menos un tipo como él en Bruselas.

La primera cosa que me gusta es que no nació valenciano, pero eligió Valencia, lo cual lo hace bastante meritorio. A los valencianos nos encanta Valencia y pensamos que no hay cosa mejor en el ancho mundo, pero lo nuestro no tiene mérito, porque ya nacimos aquí y no hemos tenido que hacer mucho esfuerzo para cerciorarnos de esta verdad indudable. Grezzi, que nació en Italia, que tampoco está nada mal, ha tenido el buen gusto de preferir Valencia, y eso ya es algo que le debemos apreciar, igual que a todos los extranjeros que, pudiendo ser otra cosa, eligieron ser españoles, que, como es obvio para un español, al menos para uno tradicional y de verdad, es de lo mejor que se puede ser. Para mí, el caso más claro sigue siendo Carlos I.

La segunda cosa que me gusta de Grezzi es que tiene a gala ser un fanático de la bicicleta urbana y lo sigue siendo, ahora que podría ir en coche oficial. Él lo tiene más fácil que yo, todo hay que decirlo. En España, somos tan maniqueos que, o eres blanco, y te gustan todas las cosas de los blancos, o eres negro, y te gustan todas las cosas de los negros. A Grezzi le gusta la bicicleta y, por tanto, todos sospechamos lo que piensa sobre las centrales nucleares, la autodeterminación de los pueblos, la relación Iglesia-Estado o cualquier presidente estadounidense, excepto Obama (y ya veremos por cuánto tiempo). Todo va junto en el pack, y eso es sumamente injusto, porque a mí me gusta la bicicleta exactamente tanto como le pueda gustar a Grezzi, y mis opiniones sobre cualquiera de las otras cuestiones son bastante diferentes a las suyas, salvo en el caso de los presidentes norteamericanos, porque a mí me caen todos igual de mal, y el que peor me cae es seguramente el que él, de momento, exceptúa. La próxima entrada, si es que la hay pronto, contaré un suceso que me ocurrió en Valencia hace poco y que es muy ilustrativo a este respecto.

Sea como fuere, Grezzi y su concejalía ha mejorado muchísimo el proyecto de carril-bici de sus antecesores, que era tan estrecho como ellos lo eran de miras, y el resultado es una ronda interior por la que se puede ir holgadamente y sin agobios. Recuerdo mis tiempos universitarios, y los primeros laborales (sí, trabajé -o algo así- un tiempo muy cerca de la calle Colón), en que pasaba por Colón prácticamente a diario y si no tuve ningún accidente se lo debo exclusivamente a mi ángel de la guarda.

Yo quiero un Grezzi en Bruselas, Dios mío. El político de aquí que desempeña su función, un tal Pascal Smet, ministro regional de Movilidad y Obras Públicas, debe vivir en otro sitio, porque lo que él describe en su página es bastante difícil de encontrar en Bruselas. Uno diría al leerle que los coches son la excepción, y que Bruselas tiene una red impresionante de carriles-bici y de zonas peatonales. En realidad, los coches ocupan todo el espacio público, menos las aceras (y no siempre), y los ciclistas bastante hacemos si encontramos un hueco entre atasco y atasco para reptar hasta nuestro destino. No hay en toda Bruselas carril-bici digno de tal nombre, y lo que llaman pomposamente "itinerarios ciclistas" no son sino dibujitos de bicis y flechas pintados en la calzada, sin la menor separación del espacio dedicado a los coches, y donde no hay la menor garantía de que el automovilista que se haya levantado de mal café no la tome con uno. Porque aquí, sin llegar a los extremos de Madrid, el claxon es tan popular como la cerveza, por lo menos.

Aún así, lo de Pascal Smet aún es aceptable si lo comparamos con su colega federal (será por ministros...), François Bellot, cuya política ciclista parece ser fomentar el uso de la bicicleta entre las mujeres, en particular entre las inmigrantes. Si no fuera porque en francés no funciona el juego de palabras, se diría que ha confundido 'velo' con 'veló'.

En fin, que ya podría venir un Grezzi por aquí a meter carriles-bici a tutiplén. Él se libraría de la campaña de la prensa de derechas en su contra, y aquí habría algo semejante a un carril-bici. Y es que, cuando comparo lo agradable que es pillar la bici en Valencia y lo que es hacerlo aquí, llega el momento del llanto y el rechinar de dientes.

lunes, 1 de mayo de 2017

Undécimo año

El 1 de mayo de 2006 comenzó esta bitácora a arrojar sus pantallas al ancho mundo virtual que nos acoge. Después de unos años prolíficos, los pasados en Rusia, llegó el momento -siempre inesperado- de dejar el país, y la vida en Bélgica ha resultado menos productiva en cuanto a entradas se refiere. Bélgica es un país notable, que merece cronistas que lo glosen, aunque no es ni mucho menos tan exótico como Rusia y, por otra parte, es un lugar frecuentemente visitado por los españoles, ya desde el siglo XVI. En aquel tiempo nuestro cometido eran protegerles de los herejotes a mandoble limpio. Hoy, nosotros mismos somos incapaces de protegernos de los herejotes, y mucho menos a los belgas, pero el español que se precie sigue visitando Bélgica a golpe de compañía aérea de bajo coste.

La capital de Europa es un notable rompeolas de todas las razas y naciones. Europeos de todos los países trabajan en las instituciones internacionales que aquí tienen su sede, y descendientes -negros- de los congoleños colonizados residen por aquí sin mayor novedad, mientras que una creciente población norteafricana y sarracena se concentra en determinados barrios y ver mujeres con pañuelo en la cabeza no representa ninguna novedad. En algunos lugares, la novedad más bien es la contraria.

Para dar servicio a los ciudadanos procedentes de países donde la magia se considera una disciplina relevante, ha aparecido una serie de profesionales que ofrecen sus servicios a todos aquéllos que tienen cuitas por resolver.

Entretanto, mientras los españoles visitan Bélgica con frecuencia, yo viajo a Valencia con menos regularidad de la que me gustaría, pero con mayor frecuencia (y, desde luego, mayor comodidad) de la que podía alcanzar desde Moscú. Normalmente, cuando llego a mi piso, el buzón de correos está atestado de todo tipo de folletos publicitarios y, últimamente, también de otros de propaganda electoral, pero, de entre todos, hay uno que me ha llamado poderosamente la atención.

Es, en castellano, el mismo pasquín que recibo regularmente en mi domicilio de Bruselas, que finalmente, aunque con otros datos de contacto, ha llegado igualmente a Valencia ¡Ya somos europeos!

Quién nos iba a decir cuando entramos en la Comunidad Económica Europea que ser europeo acabaría por ser imitar a los africanos.