jueves, 6 de julio de 2017

No es cáncer - Это не рак

El primer capítulo del libro de Solzhenitsyn es el mismo título de esta entrada. Narra la llegada al hospital oncológico de Tashkent de Pável Nikolaevich Rusánov, un apparatchik soviético con un tumor bastante aparente, y cómo lo ingresan allí. Tashkent hoy es la capital de un país, Uzbekistán, y entonces era una ciudad ya muy grande, la mayor de Asia Central (lo sigue siendo), y el pabellón oncológico de su hospital es el único centro de toda la región donde le pueden tratar el tumor a Pável Nikoláevich.

A Pável Nikoláevich le meten en una sala común del hospital, probablemente por no haber otras, y ya desde el principio ve que la estancia en el hospital no le va a gustar mucho, por lo que piensa hacerse dar de alta para llegar a Moscú, a un sitio más como es debido y digno de su clase. A todo esto, él piensa que lo que tiene no es cáncer, y así se lo dice a sus compañeros de habitación, que le miran un poco alucinados. Pável Nikoláevich sigue en su fase de negación durante todo el primer capítulo, y varios más, como si lo suyo no fuera más que una gripe, y a la gente la metieran en el pabellón de enfermos de cáncer por simpatía.

El primer capítulo es todo un contraste entre el mundo de Pável Nikoláevich, con su pijama y su gorro de dormir recién comprados, y sus contactos en las altas esferas soviéticas, y el de los demás enfermos del montón, con la bata del hospital y cada cual con su pasado del montón, pero que allí da absolutamente lo mismo: el cáncer los iguala a todos.

El libro es curioso. Lo estoy leyendo ahora, que no sé si es el mejor momento para leerlo, y la verdad es que Solzhenitsyn escribe muy bien, en un ruso muy rico, y con ideas muy lejanas de los escritores oficiales del partido y de la Casa de los Literatos de Moscú, ese lugar donde he comido más de una vez y más de treinta también, y de donde aún hoy me pregunto cómo era capaz de trasegar los pelmennis que servían, y que repetían tanto que podías decir que seguías comiendo hasta bien entrada la tarde.

Las cosas deben haber cambiado bastante en lo que hace a los tratamientos disponibles contra el cáncer. En el libro aparecen básicamente dos alternativas: radioterapia y cirugía, y no siempre son efectivas, a pesar de la enorme dedicación de los médicos y del resto del personal sanitario. Hay casos en que los médicos deciden dar de alta al paciente durante unos días con una medicación de caballo y analgésicos a cascoporro, a sabiendas de que no tardará en volver, y el jefe del hospital anima a los médicos a dar ese tipo de altas, con la idea de mejorar sus estadísticas. Evidentemente, no es lo mismo que la salida del hospital se produzca por un alta hospitalaria, por un tratamiento ambulatorio, o porque el paciente ha dejado de respirar allí mismo. Un amigo me comentó que, curiosamente, en ese caso se habla de 'exitus', que, aunque en castellano nos parezca que equivale a éxito, en realidad, en latín, significa que el paciente la ha diñado: ex-ire. Largarse. De este mundo.

En cualquier caso, los pacientes son la esencia del libro, con sus reacciones ante la enfermedad. En el segundo capítulo (y volverá a aparecer), destaca, junto a Pável Nikoláevich, la figura de Efrem, un vivalavirgen mujeriego que iba cambiando de mujer como de camisa y que no hacía ningún caso a los síntomas que iba padeciendo, hasta que tuvo que ser hospitalizado y, una vez reconoció que tenía cáncer, ya prácticamente obligaba a todos los enfermos a que ellos también lo padecieran. En este sentido, su enfrentamiento con Pável Nikoláevich es inevitable. Éste se aferra a la idea de que no tiene cáncer, y Efrem, tozudamente, trata de convercerle de que sí que lo tiene, y de que siempre lo tendrá, como todos los que están allí, y que, si sale del hospital, será por poco tiempo, para volver de nuevo.

Porque al cáncer le gusta la gente.

Рак любить людей.


viernes, 23 de junio de 2017

Vidas paralelas

En las últimas semanas he estado meditando un poco sobre la literatura de hospitales y enfermos, un subgénero de la novela que ha sido cultivado por un grupo reducido, pero influyente, de novelistas de primer orden y, en estas meditaciones, he caído en una serie de parecidos entre dos autores de las literaturas que mejor conozco: Camilo José Cela y Alexander Solzhenitsyn.

Lo primero que llama la atención es que son prácticamente coetáneos: Cela nació en 1916 y murió en 2002, a los 86 años, mientras que Solzhenitsyn era sólo dos años más joven, pues nació en 1918, y duró un poco más, hasta 2008, a punto de cumplir noventa años. Está bitácora se hizo eco en su día del fallecimiento de Solzhenitsyn, y ya es hora de que Alexandr Isaevich vuelva a aparecer por estas pantallas.

Los dos autores llegaron a una edad muy avanzada, lo cual es tanto más curioso cuanto que ambos padecieron enfermedades que no todo el mundo supera, y menos en la época que ellos las padecieron. Cela tuvo tuberculosis, una enfermedad que hoy no asusta a mucha gente, porque los tratamientos disponibles han logrado avances impensables hace un siglo, pero que en los años treinta del pasado siglo tenía un pronóstico pésimo. Sin ir más lejos, pocos años antes de que Cela tuviese sus problemas con el bacilo de Koch, había fallecido de tuberculosis mi autor preferido de la tercera literatura que conozco un poco y, probablemente, mi autor favorito de entre todos quienes en el mundo han sido: Franz Kafka.

Solzhenitsyn también tuvo serios problemas de salud, concretamente poco después de salir del gulag, que de por sí no es precisamente un sitio donde uno pueda esperar lograr una salud de hierro. Solzhenitsyn padeció -y superó- un cáncer en la sanidad soviética centroasiásica, lo cual ya nos indica que era un tipo realmente duro de pelar, lo que explica que sobreviviera a todo lo que tuvo que pasar.

Ambos autores utilizaron sus experiencias con su mala salud como inspiración. Cela escribió su segunda novela, tras la durísima La familia de Pascual Duarte, a principios de los años cuarenta: Pabellón de reposo. En cuanto a Solzhenitsyn, que es casi seguro que en esta época no conocía la obra de Cela (es muy improbable que se distribuyera por Siberia), una de sus primeras obras, concluida en la segunda mitad de la década de los cincuenta, es Pabellón de cáncer, cuyo título en español es similar al primero, pero eso es asunto de los traductores. El título original es Раковый корпус.

Antes de pasar a la literatura hospitalaria, no está de más seguir buscando paralelismos -y diferencias- entre Cela y Solzhenitsyn.

Un primer elemento podría parecer una diferencia. Así como Solzhenitsyn puso su talento literario en oposición al totalitarismo soviético que le tocó vivir, lo que fue una postura enormemente valiente que puso en peligro su vida (llegó a ser envenenado por la KGB y su secretaria se ahorcó después de la intervención de los servicios secretos), Cela siempre fue un señor de derechas que vivió con comodidad bajo el régimen de Franco, y que colaboró con él en numerosas ocasiones. Eso le permitió escribir sin demasiados problemas y contar con la indulgencia del régimen cuando alguna vez se pasó de la raya.

Dicho esto, vamos a matizar un poco las diferencias en este punto. Solzhenitsyn visitó España en marzo de 1976, muerto Franco, pero sólo desde hacía cuatro meses. Se sorprendió de que llamáramos a España "dictadura", habida cuenta de que los españoles podían viajar adonde quisieran, extranjero incluido, podían comprar prensa extranjera y usar fotocopiadoras, cosas todas ellas impensables en la Unión Soviética, y así lo dijo en una entrevista que le hicieron en televisión, y que incluso recuerdo vagamente. Pobre señor ¡Nunca hubiera dicho que la Unión Soviética era un régimen totalitario, y que el nuestro era un paraíso de libertad en comparación! Le llovieron capones de parte de todos los progres que poblaban la dictatorial España, siendo el más fuerte el de Juan Benet, articulista de El País y escritor que seguramente nunca se estudiará en el programa de Bachllerato, que escribió, para su vergüenza, lo siguiente:

Todo esto, ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne –y buen partido ha sacado de ello– los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos. Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas –cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo– busquen la manera de librarse de semejante peste.

No sé si este figura se arrepintió alguna vez del párrafo de arriba. Curiosamente, otro de los progres de nueva cosecha que se unió al coro de voces que pedían poco menos que la expulsión de Solzhenitsyn fue el propio Cela, que olvidó rápidamente que era de derechas y había sido censor franquista, y puso verde a su modo (no tan vomitivo como el de Benet, desde luego) a Solzhenitsyn:

Soljenitsin no está solamente contra España, nuestro pequeño y amado país, lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de la tristeza. No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero.

A Solzhenitsyn supongo que todo esto le resbalaba, y me temo que dejó España pensando que los españoles éramos una panda de cretinos, y es probable que tuviera razón.

Siguiendo con los paralelismos, ambos se casaron dos veces. Bueno, en realidad Solzhenitsyn se casó tres, pero las dos primeras fueron con la misma persona. No parece muy lógico en personas que se consideran cristianas, pero Cela consiguió la nulidad de su primer matrimonio, que había durado cuarenta y cinco años antes del divorcio civil (y no voy a opinar sobre el asunto ni sobre el que le concedió la nulidad), así que, técnicamente, murió conforme con la Iglesia. En cuanto a Solzhenitsyn, ya sabemos que los ortodoxos tienen la manga ancha con eso del divorcio.

El paralelismo más claro es la cuestión de los premios: los dos tienen el premio Nóbel. También hay diferencias allí, porque a Solzhenitsyn le llegó en 1970, para convertirse en el cuarto Nóbel ruso, cuando aún le quedaba bastante por escribir, mientras que a Cela le llegó en 1989, ya más provecto y cuando sus novelas eran algo raritas y difíciles de digerir (aún recuerdo Cristo versus Arizona, del año anterior, y lo mal que lo pasé).

Yo soy español, sí, y Cela me gusta mucho como escritor (me abstendré de opinar sobre el personaje, del que no todo me gusta), pero le tengo mucha más simpatía a Solzhenitsyn. Ése sí que las pasó canutas y, además, siempre me pareció un tío honrado y consecuente, algo que, por otra parte, no siempre era el caso entre los opositores soviéticos, demasiados de los cuales estaban como una regadera. Y algunos no han madurado desde entonces.

Pero el paralelismo que me interesa ahora es el que quedó mencionado al inicio, esto es, los pinitos de ambos en la literatura hospitalaria, un género, parece ser, que sólo interesa a quienes han pasado por esa experiencia de primera mano. Pero la continuación del asunto tendrá que esperar a otro día, porque hoy, diablos, es tardísimo.

viernes, 5 de mayo de 2017

I wanna Grezzi

Éste señor de la foto es Giuseppe Grezzi, concejal de Movilidad Sostenible (antes Tráfico, supongo) del Ayuntamiento de Valencia, y objeto principal de las críticas de la oposición pepera y de su panfleto local más destacado, es decir, el diario Las Provincias, que, si no ha iniciado una campaña contra él, lo que hace y publica se le parece muchísimo.

Grezzi es de Compromís, una coalición nacionalista d'esquerres que tiene una tendencia inevitable a mirar hacia el Norte y que, gracias a lo pésimamente mal que lo hizo el anterior equipo municipal, gobierna en Valencia, que no es una ciudad ni nacionalista, ni d'esquerres, ni mucho menos proclive a mirar al Norte del Cenia. El que me conozca sabe que las posibilidades de que algún día vote por ellos es aproximadamente la misma de que vote a los peperos o a los sociatas, es decir, totalmente nula. Pero Grezzi tiene algunas cosas que hacen que me caiga simpático, y que eche de menos un tipo como él en Bruselas.

La primera cosa que me gusta es que no nació valenciano, pero eligió Valencia, lo cual lo hace bastante meritorio. A los valencianos nos encanta Valencia y pensamos que no hay cosa mejor en el ancho mundo, pero lo nuestro no tiene mérito, porque ya nacimos aquí y no hemos tenido que hacer mucho esfuerzo para cerciorarnos de esta verdad indudable. Grezzi, que nació en Italia, que tampoco está nada mal, ha tenido el buen gusto de preferir Valencia, y eso ya es algo que le debemos apreciar, igual que a todos los extranjeros que, pudiendo ser otra cosa, eligieron ser españoles, que, como es obvio para un español, al menos para uno tradicional y de verdad, es de lo mejor que se puede ser. Para mí, el caso más claro sigue siendo Carlos I.

La segunda cosa que me gusta de Grezzi es que tiene a gala ser un fanático de la bicicleta urbana y lo sigue siendo, ahora que podría ir en coche oficial. Él lo tiene más fácil que yo, todo hay que decirlo. En España, somos tan maniqueos que, o eres blanco, y te gustan todas las cosas de los blancos, o eres negro, y te gustan todas las cosas de los negros. A Grezzi le gusta la bicicleta y, por tanto, todos sospechamos lo que piensa sobre las centrales nucleares, la autodeterminación de los pueblos, la relación Iglesia-Estado o cualquier presidente estadounidense, excepto Obama (y ya veremos por cuánto tiempo). Todo va junto en el pack, y eso es sumamente injusto, porque a mí me gusta la bicicleta exactamente tanto como le pueda gustar a Grezzi, y mis opiniones sobre cualquiera de las otras cuestiones son bastante diferentes a las suyas, salvo en el caso de los presidentes norteamericanos, porque a mí me caen todos igual de mal, y el que peor me cae es seguramente el que él, de momento, exceptúa. La próxima entrada, si es que la hay pronto, contaré un suceso que me ocurrió en Valencia hace poco y que es muy ilustrativo a este respecto.

Sea como fuere, Grezzi y su concejalía ha mejorado muchísimo el proyecto de carril-bici de sus antecesores, que era tan estrecho como ellos lo eran de miras, y el resultado es una ronda interior por la que se puede ir holgadamente y sin agobios. Recuerdo mis tiempos universitarios, y los primeros laborales (sí, trabajé -o algo así- un tiempo muy cerca de la calle Colón), en que pasaba por Colón prácticamente a diario y si no tuve ningún accidente se lo debo exclusivamente a mi ángel de la guarda.

Yo quiero un Grezzi en Bruselas, Dios mío. El político de aquí que desempeña su función, un tal Pascal Smet, ministro regional de Movilidad y Obras Públicas, debe vivir en otro sitio, porque lo que él describe en su página es bastante difícil de encontrar en Bruselas. Uno diría al leerle que los coches son la excepción, y que Bruselas tiene una red impresionante de carriles-bici y de zonas peatonales. En realidad, los coches ocupan todo el espacio público, menos las aceras (y no siempre), y los ciclistas bastante hacemos si encontramos un hueco entre atasco y atasco para reptar hasta nuestro destino. No hay en toda Bruselas carril-bici digno de tal nombre, y lo que llaman pomposamente "itinerarios ciclistas" no son sino dibujitos de bicis y flechas pintados en la calzada, sin la menor separación del espacio dedicado a los coches, y donde no hay la menor garantía de que el automovilista que se haya levantado de mal café no la tome con uno. Porque aquí, sin llegar a los extremos de Madrid, el claxon es tan popular como la cerveza, por lo menos.

Aún así, lo de Pascal Smet aún es aceptable si lo comparamos con su colega federal (será por ministros...), François Bellot, cuya política ciclista parece ser fomentar el uso de la bicicleta entre las mujeres, en particular entre las inmigrantes. Si no fuera porque en francés no funciona el juego de palabras, se diría que ha confundido 'velo' con 'veló'.

En fin, que ya podría venir un Grezzi por aquí a meter carriles-bici a tutiplén. Él se libraría de la campaña de la prensa de derechas en su contra, y aquí habría algo semejante a un carril-bici. Y es que, cuando comparo lo agradable que es pillar la bici en Valencia y lo que es hacerlo aquí, llega el momento del llanto y el rechinar de dientes.

lunes, 1 de mayo de 2017

Undécimo año

El 1 de mayo de 2006 comenzó esta bitácora a arrojar sus pantallas al ancho mundo virtual que nos acoge. Después de unos años prolíficos, los pasados en Rusia, llegó el momento -siempre inesperado- de dejar el país, y la vida en Bélgica ha resultado menos productiva en cuanto a entradas se refiere. Bélgica es un país notable, que merece cronistas que lo glosen, aunque no es ni mucho menos tan exótico como Rusia y, por otra parte, es un lugar frecuentemente visitado por los españoles, ya desde el siglo XVI. En aquel tiempo nuestro cometido eran protegerles de los herejotes a mandoble limpio. Hoy, nosotros mismos somos incapaces de protegernos de los herejotes, y mucho menos a los belgas, pero el español que se precie sigue visitando Bélgica a golpe de compañía aérea de bajo coste.

La capital de Europa es un notable rompeolas de todas las razas y naciones. Europeos de todos los países trabajan en las instituciones internacionales que aquí tienen su sede, y descendientes -negros- de los congoleños colonizados residen por aquí sin mayor novedad, mientras que una creciente población norteafricana y sarracena se concentra en determinados barrios y ver mujeres con pañuelo en la cabeza no representa ninguna novedad. En algunos lugares, la novedad más bien es la contraria.

Para dar servicio a los ciudadanos procedentes de países donde la magia se considera una disciplina relevante, ha aparecido una serie de profesionales que ofrecen sus servicios a todos aquéllos que tienen cuitas por resolver.

Entretanto, mientras los españoles visitan Bélgica con frecuencia, yo viajo a Valencia con menos regularidad de la que me gustaría, pero con mayor frecuencia (y, desde luego, mayor comodidad) de la que podía alcanzar desde Moscú. Normalmente, cuando llego a mi piso, el buzón de correos está atestado de todo tipo de folletos publicitarios y, últimamente, también de otros de propaganda electoral, pero, de entre todos, hay uno que me ha llamado poderosamente la atención.

Es, en castellano, el mismo pasquín que recibo regularmente en mi domicilio de Bruselas, que finalmente, aunque con otros datos de contacto, ha llegado igualmente a Valencia ¡Ya somos europeos!

Quién nos iba a decir cuando entramos en la Comunidad Económica Europea que ser europeo acabaría por ser imitar a los africanos.

viernes, 21 de abril de 2017

La instalación de la puerta del garaje

Claro, uno lee las entradas anteriores y le puede dar la impresión de que en Bélgica todo va manga por hombro y que no hay ningún profesional que merezca este nombre, y que pasa lo mismo con cualquiera que con los fontaneros en España, que para que te hagan un apaño tienes que presentar una instancia con meses de antelación.

Y no es así, como lo demuestra la continuación de la historia de la puerta del garaje.

Alicaído y poco consolado con el choteo que me había llevado con el jeta de la empresa de las entradas anteriores, no estaba en mis mejores momentos, cuando Alfina, un viernes por la tarde, entró en casa y me dijo:

- Ahí en la avenida he visto que estaban instalando una puerta de garaje y he apuntado el nombre de la empresa. Búscala.

- ¿Ahora?

- Sí, ahora.

Tras algo de resistencia, busqué la empresa y la encontré.

- Tiene una página web chula. Ah, y un formulario de contacto y un teléfono.

Ya puestos, llamé al teléfono, pero sólo pude hablar con el contestador. Para compensar, mandé una descripción de lo que queríamos mediante el formulario de contacto. Y Alfina y yo nos fuimos a hacer la compra, porque, siendo viernes por la tarde, no albergaba yo la menor esperanza de que quienquiera que fuese leyese lo que le había enviado antes del lunes, y no contaba con ninguna respuesta, si había suerte, antes de una buena semana. Eso si había suerte, porque, de no haberla, ni respuesta ni nada.

La tienda a la que fuimos es bastante grande, y el viernes por la tarde, momento típico de compras, con el sábado, había bastante gente. Estaba yo escogiendo los plátanos cuando oí un zumbido proveniente de mi teléfono y supuse que el enésimo pesado ofreciendo regalos por asistir a inauguraciones de tiendas que no me interesaban ni tantico había escogido mi número de móvil como blanco de sus ataques.

- Diga.

- He recibido hace un rato una llamada de este número.

- Ah, ¿sí?

- Soy de Doorsystems, nos ocupamos de puertas de garaje.

- Ah, ah, ah, síiiii, es verdad. He sido yo, he sido yo. También le he dejado un mensaje en la página web.

Alucinado me quedé con alguien que reaccionaba en menos de una hora. Ahora, con algo de perspectiva, estoy seguro de que no se puso al teléfono (fue la única vez), porque estaba instalando la puerta en la avenida él mismo, y soplar y sorber, no puede ser.

- Ah, también ha sido usted. Pues dígame qué necesita.

Le expliqué el caso, le dije que tenía fotos, y él me envió su dirección de correo para que se las enviara, y me dijo que también podía enviarle las medidas que yo tomara, y que con eso ya hacía un presupuesto.

El lunes por la mañana me llamó para preguntarme un par de cosas, y por la tarde ya tenía el presupuesto, más barato (y completo) que el figura de la otra empresa. Al día siguiente le dije que estábamos de acuerdo, ni se molestó en pedirme un adelanto, pasó un día a tomar las medidas exactas y se puso a producir la puerta. De vez en cuando escribía para preguntar alguna cosa, yo tardaba a veces un día en responder, y el tío llegó a leer correos y a responder en domingo por la tarde. A veces me daba vergüenza de que no le conseguía seguir el ritmo.

Antes del plazo que nos había indicado, nos dijo que la puerta ya estaba terminada y nos preguntó si podía pasar a ponerla. Y el día de la instalación estuvo al pie del cañón hasta las ocho de la noche, hasta completarla, y eso que había tenido una urgencia por la mañana y tuvo que llegar más tarde. Otro cualquiera hubiera aplazado la instalación hasta otro día para no pasarse currando hasta las tantas.

Me hizo firmar la aceptación de la puerta en su teléfono, y automáticamente el sistema generó la factura, que recibí por correo electrónico inmediatamente, y pagué a los diez minutos. Lo justo para ordenar la transferencia. Le mandé el justificante, y a las nueve y media de la noche aún me respondió dándome las gracias.

Así fueran todos, maldición, así fueran todos.

Ahora queda el siguiente punto: la puerta de entrada, también de 1957. Pero ésa es otra historia, y habrá que narrarla a su debido tiempo, porque hoy se me hace tarde.

viernes, 17 de marzo de 2017

A la porra la puerta del garaje

Habíamos dejado a la empresa de puertas de garaje (supuestamente) enviando un presupuesto mes y pico después de lo prometido, en vísperas de Navidad y, además, incompleto y, por si fuera poco, urgiendo su aceptación antes de final de año, lo que supondría, por cierto, una factura por el 30% de una cantidad desconocida por parcial.

Como lo menos que puede hacer una empresa es enviar un presupuesto completo, yo lo pedí, como vimos en la última entrada, con unos modales que hubieran hecho las delicias de mi tatarabuelo. Bueno, si hubiera coincidido con tratarse del único de mis tatarabuelos que sabía leer.

David, el operario de la empresa de marras, parecía desatado ¡Respondió el mismo día! Y qué menos que traducir sus palabras.

Buenos días, señor:

Gracias por su rápida respuesta. No se preocupé usted por el plazo de entrega en relación con el del presupuesto.

Sobre el presupuesto del chasis y las guías, ¿quién ha ido a su casa a tomar las medidas? Si le es posible a usted comunicármelo, podría pedir a mi colega qué sucede con su presupuesto.

Sobre el plazo de entrega, habría que contar de seis a ocho semanas para la puerta de garaje y lo mismo para la puerta de entrada.

Igualmente, le deseo buenas fiestas de fin de año a usted y a su familia.

Un saludo,

David Gómez


Vaya pieza. No sé qué me admiró más: si la dureza granítica de su rostro, o su inconsciencia en desear 'felices fiestas de fin de año' a un cliente que a eso lo llama 'Navidad'. El caso es que me lo estaba pasando bien y le respondí inmediatamente. No pasa tan a menudo que un pollo como éste esté trabajando.

Buenos días, señor Gómez:

Nadie ha venido a nuestra casa a tomar medidas, salvo usted mismo. Ni siquiera sabía que debíamos esperar una segunda toma de medidas.

Por tanto, le pediría hacer lo necesario en este sentido. En todo caso, me parece que el presupuesto no llegará antes de fin de mes, por lo que, supongo, será necesario un nuevo presupuesto para las puertas, ya que el que ha hecho usted no es válido sino hasta el 31 de diciembre de 2016.

En conclusión, me preguntó qué hacer.

Un saludo,

Alfor von Buchweizen


El lector ya percibirá que me estaba empeando a chotear de David. Ya que me había hecho esperar una eternidad, ahora le decía que no me importaba esperar otra. Claro, lo que él no sabía es que las posibilidades de que acabara trabajando con su empresa habían desaparecido por completo, y ya sólo seguía el contacto por la gracieta.

Y el caso es que el tío respondió enseguida, el mismo día. Estaba lanzado, el tío.

Señor:

Visiblemente, ha habido un gran malentendido. Cuando pasé por su casa, nadie me informó de que tenía usted un chasis para medir, ni tampoco me informaron de que había que tomar más medidas.

Transmitiré sus datos de contacto a mi colega, el que se ocupa de los chasis, y él contactará con usted para tomar las medidas.

Una vez haya recibido todos los presupuestos, usted podrá elegir tranquilamente tras las fiestas.

Propongo que procedamos así.

Un saludo,

David Gómez


La desfachatez de David iba en aumento. No le quise recordar que el cliente no tiene por qué saber de pe a pa todo sobre las puertas de garaje, y que para eso está él, para explicarlo, y que fui con fotos del garaje, por dentro y por fuera, y que se supone que el experto es él y está para aconsejar, no para rascarse la barriga y buscar una causa que justifique su incompetencia. Pero yo le seguí el juego, claro que sí. Y le respondí enseguida, el mismo 20 de diciembre de 2016 que es cuando todos estos correos electrónicos vieron la luz.

Buenos días, señor Gómez:

Probablemente es un gran malentendido, como dice usted. No tenía ni idea que en su empresa hubiese personas diferentes que se ocupan, unos de las puertas, y otros de los marcos, y que los dos deban tomar sus medidas por separado. En realidad yo no he entrado en contacto más que con usted, y yo suponía que ustedes ya se organizarían internamente.

Comienzo a comprender que esto es mucho más complicado de lo que yo pensaba... ¿Hay más puntos de contacto específicos en su empresa?

En fin, espero la llamada de su colega para tomar cita, supongo que eso ya será después de las fiestas.

Un saludo,

Alfor von Buchweizen


David envió, unos minutos después, un último correo, que rezaba como sigue:

Señor:

Yo, personalmente, soy el técnico de las puertas de garaje y de las puertas de entrada. Mi colega se ocupa sólo de los marcos.

Si yo hubiera sabido que usted tenía que medir marcos desplazables, él hubiera venido conmigo para tomar sus medidas.

Así es como trabajamos. Ahora, con este malentendido, confieso que es fácil despistarse.

Yo me encargo de transmitir sus datos de contacto a mi colega.

Un saludo,

David Gómez


Ésta fue la última comunicación que intercambiamos David y yo. Jamás recibi llamada alguna de ningún especialista en marcos, chasis o sursumcorda de la empresa. No sé si porque David no hizo honor a su promesa de transmitir mi correo y mi teléfono a su colega, o si porque éste no juzgó la aventura digna de su atención. En cualquier caso, lamentablemente, el caso es demasiado representativo de la actitud bruselense ante la clientela y sus circunstancias.

Dicho esto, mientras estoy escribiendo estas líneas, está teniendo lugar la instalación de la puerta de garaje, por tanto, algo ha debido pasar entretanto, pero lo dejaremos para otra entrada, no porque se haga tarde, que también, sino porque ésta ya ha quedado demasiado larga, y no es plan.

miércoles, 15 de marzo de 2017

El presupuesto de la puerta de garage

Nos habíamos quedado en el momento en que David, operario de la empresa de construcción e instalación de puertas de garaje, había pasado por nuestra residencia a tomar las medidas, después de poner a prueba nuestra intolerancia al incumplimiento de plazos. Hay que decir que ese parámetro, la intolerancia al incumplimiento de plazos, parece jugar un papel realmente importante en las relaciones entre proveedor y cliente en el Reino de Bélgica.

La intolerancia al incumplimiento de plazos se define como la energía de reacción del cliente (medida en julios), dividida por el tiempo (en días) en que se produce la misma contado desde el momento en que el plazo se ha cumplido. Esto es importante: la intolerancia (o resistencia) al incumplimiento de plazos (RIP, en adelante) depende positivamente de la energía que imprime el cliente a su reacción. Por ejemplo, podemos medir la temperatura producida por su acaloramiento y estimar la energía térmica empleada, o bien medir la energía cinética producida por los puñetazos sobre la mesa dados por el cliente impaciente.

Por otra parte, la RIP depende negativamente del tiempo transcurrido. Si, antes de terminar el plazo, el cliente ya está dando la murga al proveedor, la RIP podría ser incluso negativa, pero convencionalmente suponemos que no puede ser inferior a cero. En esos casos, hablamos de una intolerancia infinita. Obviamente, la intolerancia es menor cuanto más tarde se produce la reacción, y es equivalente a cero si la reacción no se produce en absoluto, tendiendo a cero cuando más alejada está la reacción del final del plazo.

En general, pues:

RIP = E / t

En su primer intento, David se dio cuenta de que mi RIP era posiblemente igual a cero. En efecto, pasaron varios días sin dar la menor noticia, y yo ni le llamé, ni puse el grito en el cielo, ni hice siquiera amago de querer hablar con su jefe. En estas circunstancias, la reacción del empleado belga típico consiste en retrasar cualquier cosa que tenga que hacer, seguro de su impunidad. Recordémoslo bien.

En el caso que nos ocupa, nos encontrábamos a mitad de noviembre del año del señor de 2016. Pasó un día. Pasaron dos. Y no pasó nada.

Pasó una semana. Pasó otra. Pasó una tercera. Lo único que no pasó fue el presupuesto.

Yo, torpe de mí, por razones de salud mental, había resuelto no reaccionar. Después de unas obras durísimas (otro día contaré la aventura de los muebles de cocina), lo último que deseaba era hacer mala sangre y darme de cabezazos contra un muro, así que decidí no perder la compostura bajo ningún concepto y confiar en lo que yo, iluso, pensaba sería la profesionalidad habitual de cualquier empresa existente. No podía ser que una calamidad de empresa subsistiera con un servicio tan lamentable.

Jo que no...

El presupuesto llegó, finalmente, el 16 de diciembre, unos días antes de irnos a España de vacaciones. Muy serio, David me daba un presupuesto de unos 2.500 euros, pero decía que nos haría una rebaja de 350 euros. Eso sí, decía que el presupuesto del chasis y las guías me lo enviaría un compañero suyo que se ocupa de los chasis (y de las guías, claro, espero que fuera el mismo). Y, cágate lorito, me pedía que aceptara el presupuesto antes del 31 de diciembre, porque después la oferta no era válida. O sea, que me manda una jerigonza con aumentos y disminuciones por aquí y por allá, un presupuesto incompleto, porque ya me dirá para qué quiero una puerta sin chasis, o sin marco, o como se diga eso en castellano.

Y, después de tardar un mes en preparar un documento birrioso e incompleto, tengo que aceptarlo en quince días, la práctica totalidad de los cuales no son laborables, y además me cuela de rondón las condiciones generales de venta, que me obligan a pagar un 30% al firmar la aceptación, y en cambio, ellos no tienen ningún plazo para cumplir con sus obligaciones.

Muy fuerte. Mucho.

En vista de las circunstancias, decidí actuar con presteza. Mi RIP subió como la espuma: mucha energía no hubo, vale, pero al menos la reacción fue rápida.

El mismo día (RIP, por tanto, tendente a infinito), le envíe un correo que, traducido, decía así:

Buenos días, señor Gómez (vamos a llamarle así, aunque no sé si merece el anonimato):

Le agradezco el envío del presupuesto.

No obstante, comprenderá usted que, de momento, no estoy en condiciones de aceptarlo, habida cuenta de que falta el presupuesto de las guías y del marco.

Así pues, le pediría respetuosamente que me hiciera llegar lo antes posible el presupuesto COMPLETO, sin el cual nos es imposible tomar una decisión.

Además, le pediría igualmente que he hiciese saber el plazo normal de entrega y montaje de las puertas, para poder hacer mis previsiones de pagos.

Debo confesar que estoy un poco preocupado por el plazo que ha supuesto enviar un presupuesto (parcial), y me pregunto si la entrega y el montaje de las puertas van a seguir la misma pauta temporal.

Finalmente, y por si no recibo noticias suyas antes del domingo próximo, le deseo una muy feliz Navidad.

Cordialmente,

Alfor von Buchweizen


¿No es fantástico? Vale, mucha energía no hay, aunque yo creo que hasta un tipo tan torpe como David podía adivinar el tufillo socarrón que anida entre las líneas del correo.

Yo esperaba que el pollo no respondería hasta Pascua, por lo menos, pero ¡qué va! Está visto que, una vez se despertó, estaba en modo apresurado. Respondió al día siguiente y, efectivamente, será al día siguiente cuando lo veamos.

Porque, hoy, claro, se hace tarde.